En febrero de 2018 viajé por primera vez a China. En este viaje iba a celebrar el  festival de la primavera, o año nuevo chino, y conocer a los padres de mi mujer, entonces mi novia, que se había adelantado unas semanas para pasar más tiempo con su familia.

El día anterior a un viaje siempre estoy un poco nervioso e incluso no duermo del todo bien. Siempre me preocupa no llegar a tiempo al aeropuerto o la estación de turno, o haber olvidado algo al hacer el equipaje, cosa que suele pasarme, la verdad. Lo de olvidar cosas, quiero decir. Esa vez fue mi maquina de afeitar, por lo que al cabo de pocos días parecía un naufrago. Pero eso fue más adelante.

Vista desde la ventanilla del vuelo a París

Al montar en el avión parte del nerviosismo empezó a desaparecer, o quizá a transformarse en otra emoción. El caso es que por delante de mí tenía 15 horas para recorrer los 10.250km que separan Madrid de Shanghai, donde llegaba mi avión y pasaría los primeros días de mi gran viaje. Pero antes debía llegar a Paris, donde tenía escala y donde empecé a ser consciente de lo que suponía viajar a China precisamente en esas fechas.

En el aeropuerto de París, tras pasar por las largas colas del control de aduanas, llegue a la zona de embarque del avión que me llevaría a mi destino, confiado en un inicio por el tiempo de escala, pronto me di cuenta de que debía darme prisa para llegar a la puerta de embarque de mi vuelo, donde había una enorme cola de pasajeros en su mayoría chinos, como era de esperar, parar embarcar en el avión. Ahí empece a ser consciente del gran viaje que tenía por delante.

Zona de tiendas del aeropuerto de Paris con decoración del año nuevo chino

A pesar de no haber dormido bien la noche anterior, en el vuelo de unas 12 horas, no conseguí dormir casi nada en gran parte por la emoción, y en parte porque la persona que tenía sentada al lado salía constantemente al baño. Así que aproveche para ver algunas de las películas que ofrecía el servicio de entretenimiento del vuelo.

Llegué a Shanghai sobre las 7 de la mañana hora local y al bajar del avión y entrar en aquella enorme terminal, quedé sobrecogido. Recuerdo la gran cantidad de gente que, una vez más, hacíamos cola para pasar en control de pasajeros. Yo estaba nervioso, como gran parte de las horas anteriores. Al llegar mi turno, el funcionario del control me pidió mi pasaporte y un pequeño papel de color amarillo en el que debía detallar datos de mi viaje. Todo ello con un rostro completamente serio y sin ningún rastro de emoción. Después de mirar varias veces mi pasaporte, visado y papelito amarillo, pedirme que registrara mis huellas y hacerme una foto, todo ello sin que se apreciara el más mínimo cambio en su rostro, me hizo un gesto para que continuara.

Mi primer desayuno en China

Estaba oficialmente en China.